Crónica de Lima #001: Al fondo entran cuatro

 

Todavía no es la hora pico, las unidades de transporte público no están del todo llenas. Una combi transita por la avenida Angamos en dirección Oeste-Este. Me encuentro sentado en ella, última fila de asientos, al lado de dos señores de unos cuarenta y sesenta años. No hay más asientos disponibles, salvo uno de la última fila que, por su tamaño reducido, no deja espacio para que una persona de estatura promedio o mayor se siente cómodamente. En el siguiente paradero sube un pasajero que se queda parado, con el cuello doblado (las combis no tienen más de 1.60 metros de altura). Casi por inercia, la cobradora espeta a voz en cuello: ¡acomódense, al fondo entran cuatro!  (¡¿?!) Los señores de cuarenta y sesenta años se miran con complicidad y se burlan de la frase que acaban de oír, casi como dos niños pendencieros en medio de una clase. Entrarán cuatro niños, suelta el mayor. Acá el hombre (me señala) está sentado con las piernas dobladas y ella quiere meter a cuatro, responde el otro. No puedo sino unirme a su jocosa burla del pensamiento apilatorio/acumulatorio/cosificador de personas de la cobradora. El pasajero que acababa de subir, por supuesto, ni siquiera intenta sentarse; en el espacio que queda libre solo entra un niño de seis u ocho años. La cobradora tampoco insiste.

Después de ser partícipes de este acontecimiento burlesco pero justificado, surge una conversación entre un veinteañero (el que escribe), un sujeto que le dobla la edad y otro que se la triplica, tres generaciones viajando en el último asiento de una combi de las decenas que transitan en Lima. Los dos señores rememoran las circunstancias en que se encontraba el transporte años atrás. El mayor relata que vivía en Ancón y para llegar a Lima tenía que esperar aproximadamente dos horas para subir al bus, que solía haber dos colas para subir a los buses: una para ir sentado cómodamente (o no tanto) y otra para ir parado, que avanzaba más rápido. A esto había que adicionarle el tiempo del viaje. Los vehículos siempre terminaban repletos y había gente que viajaba colgada hacia afuera, todo un espectáculo. Por ese motivo se veía muchos buses “ladeados” transitando por la ciudad, incluso cuando no estaban llenos. Esto se debía a que no había suficientes unidades de transporte para toda la gente que necesitaba movilizarse, problema que se extiende hasta el día de hoy, aunque quizás en menor proporción. El sujeto de cuarenta años recuerda lo de las colas inmensas para subir a los buses, que según su memoria llegaban a ser de hasta tres cuadras. Sin embargo, él vivió siempre en la ciudad, y cuando el tránsito vehicular se ponía insoportable, prefería caminar, accionar con el que concuerdo y practico desde hace años, incluso en tramos largos.

Al tráfico infernal puede sacársele algo bueno: cuando llega a un punto caótico (más caótico de lo normal), caminar entre los carros estancados puede resultar muy estimulante y hasta desestresante. Los dos señores conversaban sobre la época en que ambos coincidieron. Si se trae sus remembranzas del tráfico de antaño a la situación actual del mismo, es perceptible que la situación no ha mejorado tanto desde los últimos ¿veinte?, ¿cuarenta?, ¿sesenta años?

(incidencia: viernes 27 de noviembre de 2015)

bus antigua lima

Fotografía: La Antigua Lima

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